Los primeros años fueron de terreno, no de oficina. Entre 2014 y 2016 el equipo trabajaba con juntas de acción comunal en el norte del Cauca, levantando información sobre necesidades reales antes de prometer cualquier intervención. De esa etapa quedó una regla interna que todavía se sostiene: ningún programa arranca sin una línea base acordada con la comunidad.
En 2017 llegó la primera alianza formal con una empresa del sector agroindustrial. El acuerdo obligó a profesionalizar la trazabilidad: cuentas separadas por proyecto, comprobantes digitalizados y un informe trimestral que cualquier donante podía solicitar. Fue incómodo al principio y hoy es el estándar de la casa.
Entre 2019 y 2021 el voluntariado corporativo dejó de ser una jornada anual y se convirtió en un programa con horas reconocidas, coordinadores por sede y formación previa. La pandemia obligó a rearmar todo a distancia; varias de esas adaptaciones se quedaron porque funcionaban mejor que el formato presencial.
Desde 2022 el trabajo se concentra en medir con criterio. Se redujeron los indicadores a un puñado verificable, se incorporó revisión externa anual y se publican los resultados aunque no sean favorables. La transparencia dejó de ser un discurso y pasó a ser un procedimiento con responsables y fechas.
Una historia construida sobre verificaciones, no sobre promesas
Estos son los momentos que marcaron la forma de trabajar de Asxrefinitiv: decisiones concretas sobre cómo se recogen los fondos, cómo se coordinan las empresas participantes y cómo se comprueba el impacto antes de comunicarlo.